¿Cómo me convertí en mi propia bebida favorita?

El manual no existe. El café, sí.

Mariana Coronado

6/13/20243 min leer

Existe un tipo de persona que, frente a una crisis, busca el manual. Quiere el protocolo, el diagrama de flujo, el paso a paso que le garantice que si hace A más B va a obtener C. Yo fui esa persona durante muchos años. Estudié economía. Trabajo en comercio exterior. Me encantan los procesos, los sistemas, las variables que se pueden medir.

Y entonces la vida me enseñó, con una paciencia pedagógica que raya en la crueldad, que no existe ningún manual para los golpes que realmente importan.

La vida es estocástica. No lo digo como metáfora bonita sino como descripción técnica de algo que experimenté en carne propia: los eventos que más te cambian son aleatorios, impredecibles, y llegan con una frecuencia que ningún modelo puede anticipar. Un divorcio. Un cambio de gobierno. Un cliente que desaparece. Un correo que llega a las tres de la mañana con el asunto que no querés leer. Un reencuentro en un aeropuerto europeo después de décadas.

Ninguno de esos eventos estaba en mi planificación estratégica del año.

Lo que sí estaba, aunque no lo sabía todavía, era la capacidad de procesar el impacto y seguir.

La primera vez que tomé un café irlandés de verdad fue en una noche que preferiría no recordar con demasiado detalle, pero que terminó siendo una de las más importantes de mi vida. Había whisky, había canela, había crema flotando arriba como si el mundo no se estuviera desmoronando justo debajo. Y yo pensé, con esa lucidez extraña que a veces regala el agotamiento extremo: esto es exactamente lo que soy ahora mismo. Amargo por abajo, fuerte en el medio, y con algo dulce arriba que todavía no me merezco del todo pero que está ahí.

El café irlandés no es una bebida optimista. Es una bebida honesta.

No te promete que todo va a estar bien. Te dice: acá hay partes difíciles, acá hay fuego, acá hay algo que endulza sin tapar el sabor real. Tomalo entero o no lo tomes.

Eso es lo que aprendí sobre la resiliencia en todos estos años: no es una actitud positiva. No es sonreír frente al desastre. Es la capacidad de tomar el golpe, procesarlo sin anestesia, y decidir qué hacés con lo que queda. Es arbitraje emocional en tiempo real, sin Bloomberg terminal y sin red de seguridad.

Los shocks llegan solos. La respuesta es lo único que está en tus manos.

Y la respuesta no tiene que ser perfecta ni prolija ni digna de un manual de autoayuda. Puede ser imperfecta, asustada, llena de contradicciones. Puede ser tomarse un café irlandés a las dos de la mañana frente a una pantalla en blanco y escribir aunque tiemble el pulso. Puede ser pararse en una vereda con una tarjeta que ya no abre ninguna puerta y decidir, casi sin pensarlo, que esto es el principio de algo.

Lo que no puede ser, lo que aprendí que no me puedo permitir, es quedarme congelada esperando que el manual aparezca.

Porque el manual no existe.

Existe el café, existe la decisión de seguir, y existe la sorpresa de descubrir que, en el proceso de sobrevivir algo que no pediste, te convertiste en algo que no esperabas.

Yo, después de tanto, aprendí a ser mi propio café irlandés: fuerte, dulce, con un toque de locura y, sobre todo, absolutamente inolvidable.

No lo digo con arrogancia. Lo digo con la ternura de alguien que tardó demasiado tiempo en entender que las crisis no te destruyen ni te construyen: simplemente te revelan.

Y lo que me reveló a mí, en el fondo de todas las tazas vacías de todas las madrugadas difíciles, fue esto: que soy más capaz de lo que creía, más resiliente de lo que me permitía admitir, y que el próximo shock, cuando llegue, me va a encontrar de pie.

Con el café en la mano, eso sí.

Nunca se sabe cuándo va a hacer falta.

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