¿Por qué corrí el riesgo con los ojos abiertos y lo volvería a hacer?
Podía archivarlo en silencio. Elegí auditarlo en voz alta. Eso es Correo no deseado.
Mariana Coronado
6/5/20263 min leer


Hay una pregunta que me hacen seguido, con esa mezcla de curiosidad genuina y juicio apenas disimulado que caracteriza a los seres humanos cuando quieren entender algo que no habrían hecho ellos: ¿valió la pena?
Mi respuesta siempre es la misma, y siempre incomoda un poco: sí. Con todo lo que pasó, con todo el costo, con todas las noches de insomnio y la vergüenza y el daño colateral. Sí.
No porque haya salido bien. Sino porque la alternativa era lamentarme.
Y hay algo que aprendí temprano, en algún momento entre la primera vez que la vida me cobró una factura que no esperaba y la décima, que el arrepentimiento de lo que no hiciste es infinitamente más pesado que el dolor de lo que intentaste y no funcionó. El dolor tiene fecha de vencimiento. El arrepentimiento, no.
Cuando algo que guardaste durante décadas vuelve a aparecer, hay dos tipos de personas. Las que dicen "demasiado tarde, demasiado complicado, demasiado riesgo" y las que dicen "necesito saber". Yo soy del segundo tipo. Siempre lo fui. No por valentía, sino por una incapacidad constitutiva de vivir con la pregunta abierta.
Pero correr el riesgo con los ojos abiertos no es lo mismo que correrlo a ciegas. Y esa distinción, que parece obvia cuando la escribís, es enormemente difícil de sostener en la práctica cuando el corazón tiene una agenda propia y la nostalgia es una narradora muy convincente.
Lo que intenté hacer, con mayor o menor éxito según el capítulo, fue ser espejo antes que protagonista. Ayudar a que el otro se viera. Devolverle una imagen que quizás había perdido de sí mismo. Eso tiene valor. Eso, en sí mismo, no estaba mal.
El problema no es hacer de espejo. El problema es quedarte sosteniendo el espejo cuando el otro ya no quiere mirarse, o peor, cuando el costo de que se mire lo están pagando terceros que nunca eligieron participar.
Hay barreras que no se pueden cruzar. Y si el otro no puede cuidarte en eso, si no pudo salir antes de donde estaba, es muy difícil que pueda hacerlo ahora. No imposible, pero difícil. Y en la economía de los vínculos, la dificultad tiene un precio que se paga en cuotas largas y sin interés visible hasta que ya es demasiado tarde.
Lo que nadie te cuenta sobre la mercadería en tránsito es lo siguiente: el riesgo más grande no es que el envío se pierda. El riesgo más grande es que llegue a destino pero ya no sea lo que era cuando salió. Que el tiempo, la distancia y la presión del viaje lo hayan transformado en algo diferente. Que vos también seas diferente. Y que lo que construiste en tu cabeza durante años no tenga mucho que ver con lo que finalmente se abre frente a vos.
Eso no es una tragedia. Es simplemente la vida siendo honesta.
¿Lo volvería a vivir? Sí. Porque el intento, aunque cueste, es parte de ser alguien que vive hacia adelante y no hacia atrás. Porque hay cosas que solo se aprenden moviéndose. Porque el dolor de haberlo intentado tiene forma, tiene nombre, tiene fecha. El dolor de no haberlo intentado es amorfo, infinito y crece en silencio durante décadas hasta que se convierte en el personaje principal de tu vejez.
Prefiero los dolores con nombre.
Son más manejables. Y, con el tiempo, se vuelven parte de la historia que contás con algo parecido a la ternura, en lugar de la historia que evitás mencionar porque todavía te pesa demasiado.
La mercadería en tránsito siempre corre riesgos. Eso no es un argumento para no despacharla.
Es un argumento para saber exactamente qué estás mandando y aceptar que el destino final nunca es del todo tuyo.
“¿Lo volvería a vivir? Sí. Porque el intento, aunque cueste, es parte de ser alguien que vive hacia adelante y no hacia atrás.”
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